Pregunta.-Explícame cómo se derivan las virtudes sociales de la ley natural, y cómo es un precepto y una acción de ella la caridad o el amor del prójimo
Respuesta.-Por razones de igualdad y reciprocidad, porque cuando perjudicamos a otro le damos derecho para el que nos perjudique en pago. Así cuando atentamos contra la vida de otro atentamos contra la nuestra por efecto de la reciprocidad; y al contrario, cuando hacemos bien a otro, tenemos derecho de esperar correspondencia y equivalente; y ése es el carácter de todas las virtudes sociales, ser útiles a quien las practica, por el derecho de reciprocidad que le dan en aquellos a quienes han sido ventajosas.

P.-Luego, ¿no es más la caridad que justicia?
R.-No; no es más que justicia, con esta modificación que la justicia rigurosa se ciñe a decir:” No hagas a otro el mal que no quieres tú que te hiciese él»; y la caridad o el amor del prójimo pasa a decir: “Haz a otro el bien que quisieras que él te hiciese.» Así, cuando dice el evangelio que este precepto contiene toda la ley, no hace más que enunciar el precepto de la ley natural.

P.-¿Manda la ley natural el perdón de los agravios ?
R.-Sí; en cuanto se aviene ese perdón con nuestra conservación propia.

P.-¿Dicta el precepto de brindar la otra mejilla al que recibe una bofetada?
R.-No; lo primero, porque se opone al de amar al prójimo como a sí mismo, pues le amaríamos más que a nosotros mismos cuando atenta contra nuestra conservación. Lo segundo, ese precepto entendido materialmente incita al malo a la injusticia y la opresión; y más cuerda, la ley natural prescribe una justa medida de valor y moderación que quiere que nos olvidemos de una injuria hecha en un rapto de cólera, pero que castiguemos todo acto que engendra opresión.

P.-¿Prescribe la ley natural hacer bien a otro sin regla ni tasa?
R.-No; porque sería medio seguro de hacerle ingrato. Tanta es la fuerza del deseo de justicia arraigado en el corazón de los hombres, que ni siquiera agradecen los beneficios que se les dispensan sin tino. Una sola medida hay que guardar con ellos, que es ser justo.

P.-¿Es la limosna acción virtuosa?
R.-Sí; si se hace por la regla dicha, sin la cual es imprudencia y vicio, pues fomenta la ociosidad, perjudicando a la sociedad y al mendigo. Nadie tiene derecho a disfrutar el caudal y trabajo ajeno, sin dar lo equivalente del suyo propio.

P.-¿Considera como virtudes, la ley natural, la fe y la esperanza, que juntan con la caridad?
R.-No; porque son ideas sin objeto real, y si algunos efectos producen, más ventajosos son para los que no las tienen que para los que las tienen, de suerte que podemos calificar la esperanza y la fe de virtudes de
los tontos en beneficio de los pícaros.

P.-¿Prescribe la probidad la ley natural?
R.-Sí; porque no es otra cosa la probidad que el respeto de nuestros propios derechos en los ajenos, respeto que se funda en un cálculo prudente y bien combinado de nuestro interés cotejado con el de los otros.

P.-¿Pues no requiere ese cálculo, que abraza intereses y derechos tan complicados en el estado social, conocimientos y luces que le constituyen en una ciencia muy ardua?
R.-Sí; Y ciencia más delicada, ya que el hombre de bien es juez en su propia causa.

P.-Luego, ¿acreditará la probidad un juicio vasto y recto?
R.-Sí; porque casi siempre sacrifica el hombre de bien su utilidad presente por no malograr otra mayor futura, y el bribón hace lo contrarío, pues sacrifica una grande utilidad futura por la presente, de corta entidad.

P.-Luego, ¿es la improbidad señal de un juicio torcido y un entendimiento corto?
R.-:-Sí; y podemos definir los pícaros como unos calculistas .ignorantes y necios, pues no entienden su verdadero interés y se precian de astutos; y siempre acaban todas sus astucias en que los conocen por lo que son, y pierden la confianza, la estimación y cuantas utilidades acarrean estas para la existencia social y física. Nunca están en paz con los otros, ni consigo mismos; . y atormentados por su misma conciencia y sus enemigos, la única felicidad que gozan es el no estar ya ahorcados.

P.-¿Veda la ley natural el robo?
R.-Sí; porque el hombre que roba a otros les da derecho para que le roben a el acabándose toda seguridad de la propiedad y los medios de la conservación del individuo, de suerte que perjudicando a otros se perjudica a si mismo.

P.-¿Prohíbe también el deseo de robar…’?
R:-Sí; porque ese deseo conduce naturalmente a la acción y por eso se mira la envidia como pecado.

P.-¿Por qué prohíbe el homicidio?
R.;-Por los más eficaces motivos de la conservación de SI mismo; pues lo primero, el que acomete se expone. a que le maten en fuerza del derecho de defensa propia; y lo segundo, si mata, da a los parientes y amigos del muerto, y a toda la sociedad, igual derecho para que le maten a él, y no vive seguro.

P.-¿Cómo es posible resarcir en la ley natural el mal que uno ha hecho?
R.-Haciendo un bien proporcionado a aquel a quien se hizo el mal.

P.-¿Permite esta ley compensar el mal con oraciones, votos, ofrendas a Dios, ayunos y mortificaciones?
R.-No; porque son ajenas todas esas cosas de la acción que queremos compensar, y ni restituyen el buey a quien le fue robado, ni la honra a quien se la quitaron, ni la vida a quien le dieron muerte; por tanto, no dan en el blanco de la justicia, siendo un contrato perverso en virtud del cual vende un hombre a otro una cosa que no es suya y una verdadera depravación de la moral, pues incitan a cometer los mayores delitos con la esperanza de expiarlos; por eso han sido la verdadera causa de cuantos males continuamente han atormentado a los pueblos donde han estado en práctica estos medios de expiación.

P.-¿Manda la ley natural la sinceridad?
R.–Sí; porque la mentira, la alevosía y el perjurio producen entre los hombres desconfianzas, contiendas, rencores, venganzas y un sinfín de males que conspiran a su común destrucción; mientras que con la sinceridad y la fidelidad se establecen la confianza, la concordia, la paz y los infinitos bienes que de este estado de cosas a la sociedad enriquecen.

P.-¿Prescribe la blandura y la modestia?
R.-Sí; porque con la dureza y la aspereza nos enajenamos el afecto de los demás, y les inspiramos el deseo de hacernos mal; y con la arrogancia y la vanidad incomodamos su amor propio y sus celos, y perdemos su benevolencia.

P.-¿Prescribe la humildad como virtud?
R.-No; que es propio del corazón humano menospreciar en secreto cuanto le presenta la idea de flaqueza; el abatimiento de sí propio engendra en otros opresión y soberbia. La balanza ha de conservarse en el fiel.

P.-Dijisteis que era virtud social la sencillez de costumbres: ¿qué queréis decir con esa palabra?
R.-Ceñir sus necesidades y deseos a lo que es verdaderamente útil al ciudadano y a su familia; esto es, que el hombre de costumbres sencillas tiene pocas necesidades, y con poco se satisface.

P.-¿Cómo se nos prescribe. esa virtud?
R.-Con muchas utilidades que de practicarla redundan al individuo y a la sociedad, porque el que necesita poco se libra luego de una muchedumbre de cuidados, apuros y afanes, evita las innumerables contiendas y disputas que de la codicia y el deseo de granjerias se originan se ahorra las angustias de la ambición, las zozobras de la posesión y los desconsuelos de las pérdidas: como en todas partes encuentra más de lo que necesita, es el verdadero rico, siempre satisfecho con lo que tiene, es feliz a poca costa; y no temiendo los demás su competencia, le dejan quieto y están dispuestos, cuando él los necesita, a servirle. Y si es general esta sencillez de costumbres en todo un pueblo, se asegura con ella la abundancia: rico con todo cuanto no consume, adquiere inmensos medios de, permutas y comercio; trabaja, fabrica y vende más barato que los demás, y goza todo género de prosperidades internas y externas.

P.-¿Qué vicios son los opuestos a esa virtud?
R.-La codicia y el lujo.

P.-¿Es vicio individual y social el lujo?
R.-Sí; y tan capital, que puede decirse que encierra en sí todos los demás; porque el que se crea la necesidad de muchas cosas, se sujeta a mil zozobras y se vale de todos cuantos medios justos o injustos se le presentan para adquirirlas. Cuando ha gozado una cosa, codicia otra, y en el seno de la opulencia nunca es rico: no le basta una vivienda cómoda, que necesita un soberbio palacio; ni se contenta con una mesa abundante, si no está cubierta de manjares costosos y raros; quiere muebles preciosos, trajes ricos, una comitiva de lacayos, de caballos, de carrozas, de cortesanas de espectáculos y diversiones. Para sufragar a tan enormes gastos, necesita infinito dinero; y para granjearle, todo medio se le figura indispensable y bueno; primero pide prestado, luego estafa, hurta, roba, quiebra, está mal con todos, arruina a los demás y se arruina a sí mismo. y si se hace general el lujo en la nación origina en grande los mismos estragos. Como consume todas las producciones, se halla pobre con la abundancia, no tiene qué vender a los extranjeros, fabrica a mucho costo, vende caro, se hace tributario de todo cuanto introduce, desacredita en las naciones extranjeras su nombre, su poder, sus medios de conservación y defensa; y en lo interior se van consumiendo y disolviéndose sus miembros. Como ansían por gozar todos los ciudadanos, están en lid perdurable para conseguirlo; se perjudican todos, o aspiran a perjudicarse; de aquí provienen acciones y hábitos de usurpación, que forman lo que llaman corrupción moral, guerra intestina de un ciudadano con otro. El lujo engendra la avaricia, y ésta las invasiones por fuerza o ardid; el lujo engendra el cohecho del juez, la falacia del testigo, la improbidad del marido, la prostitución de la mujer, la dureza de los padres, la ingratitud de los hijos, la avaricia del amo, los robos del criado, el fraude del administrador, la perversidad del legislador, las mentiras, las alevosías. los perjurios, los asesinatos y todos los desórdenes del estado social, de suerte que los antiguos moralistas acreditaron sumo tino en hallar la verdad cuando fundaron las virtudes sociales en la sencillez de costumbres, en ceñir sus necesidades y contentarse con poco; y se puede reputar medida fija de las virtudes o vicios de un hombre, la de sus gastos con proporción a sus rentas, y valuar por la necesidad que tiene de dinero, su probidad, su exactitud en cumplir sus palabras, su amor a la república y la sinceridad o falsedad de su patriotismo.

P.-¿Qué es lo que llamáis patria?
R.-La comunidad de los ciudadanos que, reunidos por afectos fraternales y necesidades recíprocas, forman con sus respectivas fuerzas una fuerza común, cuya reacción en cada uno de ellos adquiere el conservador y benéfico carácter de la paternidad. En la sociedad forman los ciudadanos un banco de interés en la patria, una familia de tiernos afectos, que son la caridad y el amor del prójimo, extendido a la nación entera. y como no. puede prescindir la caridad de la justicia, no puede miembro alguno de la familia pretender gozar de sus ventajas, sino en proporción con su trabajo: si consume mas de lo que produce, toma precisamente de lo ajeno; y solamente consumiendo menos de lo que produce o posee puede adquirir medios de sacrificios y generosidad.

P.-¿Qué colegís de todo eso?
R.-Colijo que no son todas las virtudes sociales otra cosa que el hábito de .las acciones útiles para la sociedad y para el individuo que las practica que se cifran todas en el objeto físico de la conservación del hombre; que habiendo grabado la naturaleza en nosotros la necesidad de nuestra conservación, todas las consecuencias de esta conservación son ley natural, y delito cuanto se opone a ella; que llevamos dentro de nosotros la semilla de toda virtud y perfección que no somos felices si no observamos las reglas que estableció la naturaleza para nuestra conservación, y que toda sabiduría, toda perfección, toda ley toda virtud y toda filosofía se encierran en la práctica de los siguientes axiomas fundados en nuestra propia conservación: consérvate, instrúyete, modérate, vive para tus semejantes, para que éstos vivan para ti.

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