Si nos aproximamos a las publicaciones del siglo XVIII y XIX y sobre todo este ultimo, las publicaciones astrológicas han sido reducidas a los LUNARIOS, publicaciones por otro lado difíciles de erradicar (la religión católica lo permitía), por la utilidad en el mundo rural donde el modelo natural es fundamental para sobre vivir, tenemos en España el Lunario de Cortes que se publicó casi durante 250 años, siendo la ultima edición en España en el reinado de Alfonso XII, dispongo de un ejemplar https://issuu.com/eseteve/docs/lunario_de_cortes_1800 y ya ha sido infectado por la mutación “ilustrada” como ejemplo adjunto una pag. que claramente no aparece en ediciones anteriores, y nos ilustra.(ver pag 300, de la ultima edición).

Así también proliferan los libros que tildados de explicar ciencias ocultas, lo único que tratan es de explicar las maravillas con la que los clásicos quisieron engañarnos y como el nuevo hombre “el ilustrado” puede explicar mejor y reproducir con su tecnología (ver tapa)

Es el nacimiento del “prestidigitador” o ilusionista, que a luz del pensamiento ilustrado se permite caricaturizar los hechos místicos de los clásicos.(Ver tapa)

La astrología fue incorporada a esta literatura y despreciada como embuste, pues el misticismo clásico necesita del modelo natural y la astrología es su formulario, así fue en esta época, donde a astrólogos eficientes fueron llamados videntes, por no entender ya la astrología clásica, así se forjó a la sombra de los reduccionismos producidos por esta “mutación ilustrada” una serie de imprecisiones históricas muy interesadas a minimizar el modelo clásico y ridiculizarlo, que no se sostienen a un análisis de datos serio y documentado al rigor histórico. (ver tapa Paul Carus).

El descrédito y la perdida de la enseñanza en la universidades fueron los ilustrados (ver el diccionario de Volter) que no los católicos (ver las cartas del padre Feijo), los responsables fundamentales de la perdida del conocimiento astrológico y el descrédito social de sus practicantes convirtiéndolos en prestidigitadores o faquires de circo.