Sinesio de Cirene alumno de Hipatia

Tú hijo mío, has rendido total admiración a esa manera de pensar propia de acerca de nuestros antepasados, que se refleja en la providencia de las figuras sagradas. Al representar al dios Hermes lo hacen ellos con una imagen doble, poniendo a un joven junto a un anciano, por estimar -si se va a entender bien- que es, a la vez, sensato y vigoroso, en la idea de que la ventaja de lo uno respecto de lo otro es nula. Por eso, también a la Esfinge la colocan a la entrada de sus templos, como símbolo sagrado del apareamiento de las virtudes: por su fuerza, monstruo; por su prudencia, ser humano. Y es que una fuerza privada de la guía de la prudencia se lanza a lo loco, confundiendo y trastornando todas las cosas, y una inteligencia a la que no ayudan los brazos es inservible para la acción.

Virtud y fortuna raramente se alían, salvo en las grandes empresas, como cuando ahora se han unido en ti. Así pues, no molestes más a los dioses, dado que, con tal que quieras, puedes salvarte por ti mismo. Y es que no está bien que ellos se encuentren siempre lejos de sus propios lugares, frecuentando otros. extraños y peores, a no ser que también cometamos la impiedad de utilizar mal esos recursos, ínsitos en nosotros, que tienden a preservar todo lo terreno en orden y consecuencia con el universo que nos fue dado: esto no es sino obligar a los dioses a volver de nuevo, antes del tiempo establecido, para que se preocupen de las cosas de aquí. En cambio, al relajarse y envejecer esa armonía que concertaron, es entonces cuando ellos vienen a ajustarla de nuevo y a fomentarla con su calor, como si se hubiera enfriado; y eso lo hacen gozosos, en la idea de que están prestando un servicio a la naturaleza del universo. Por otra parte, ellos regresarán sólo cuando, una vez rota y destruida esa armonía por la mala disposición de quienes la recibieron bajo su tutela, no puedan salvarse de ningún otro modo las cosas de aquí. Lo cierto es que un dios no se mueve por pequeñeces, ni siquiera cuando se comete esta o aquella falta: sin duda sería un individuo de gran importancia aquel por cuya causa viniera aquí alguien de la raza de los bienaventurados. Pero, cuando el orden total y los grandes principios se destruyen, entonces es preciso que acudan los dioses a dar comienzo a otra nueva organización.

Así que no se enojen los hombres por los males que ellos mismos se buscan, ni acusen a las divinidades de no ser providentes con ellos, pues la providencia también exige de su parte una contribución. Y es que no es asombroso que en el lugar de los males haya males, sino que lo asombroso sería que allí hubiera algo distinto: lo extraño y lo ajeno, eso es lo que pertenece a la providencia, gracias a la cual, quienes no somos unos dejados y aprovechamos lo que de ella recibimos, podemos ser totalmente felices en todo. Pues la providencia no es igual que la madre de un crío recién nacido, que debe poner su empeño en ahuyentar cualquier cosa que de repente venga a molestarlo, por no haber éste alcanzado aún su pleno desarrollo ni ser capaz de defenderse con sus propias fuerzas; no, sino como aquella otra que, tras haberlo criado y provisto de armas, lo anima a utilizarlas y a rechazar los males.

Piensa en esto constantemente y considera el hecho de saberlo como algo de gran valor para los hombres, pues así ellos creerán en la providencia y se preocuparán de sí mismos, siendo a la vez piadosos y solícitos, y no considerarán que estén peleadas entre sí la atención que la divinidad nos presta y la práctica de la virtud.