El vínculo principal por el cual el ser humano se relaciona simbioticamente a la naturaleza es la luz, esta es de dos tipos por su efecto : difusa e infusa.
La difusa es la luz absorbida por la naturaleza mediante la atmósfera que nos circunda.
La infusa la que todo organismo vivo capta para procesarla y adaptar el sistema biológico propiciando una fisiología aceptable a la vida.
La luz del eclipse es una luz interferida que introduce distorsión bien en la naturaleza o bien en los organismos vivos, en estos dependerán de la especial ecuación luminosa que configuró su fisiología en el nacimiento para saber el grado de interferencia aceptada.
Los eclipses son cuatro al año y responden a una serie, que no es el caso de esta explicación, dos son de Luna y dos de Sol, la fuerza de la interferencia está basada en la fuerza luminosa del emisor en este caso el Sol y la Luna y por otro la capacidad de procesamiento del receptor que dependerá de la especial configuración luminosa de nacimiento del ser vivo.
Todos conocemos que el eclipse se puede verificar claramente según en que casa natal cae ese mes del eclipse, quedará alterada en esa área del destino, e introduce como una interferencia en el uso de los tiempos.
Si es de Sol altera el orden y si es de Luna el instinto vital.
Si atendemos a lo anteriormente expuesto, sin necesidad de mirarlo directamente, el ser vivo recibe una dosis importante de alteración por la absorción de luz de sistema, alterando la luz infusa, pero si además, con nuestros ojos, captamos la luz generada en el epicentro de los luminares cuando se produce el eclipse amplificamos sustancialmente el veneno que inocula, por lo tanto la capacidad de dañar nuestro especial funcionamiento.
Los clásicos recomiendan protegerse de esta luz perniciosa para que captemos la menos posible, esto era sabido desde hace cientos de años, solo en occidente desde la ilustración animamos desde la” ignorancia ilustrada” a la contemplación de una luz dañina, claramente explicada y verificada por la experiencia astrológica, y aun así pensamos, como los ilustrados, que somos inmunes a los efectos de la naturaleza, por un “no sabemos muy bien” privilegio sicológico o tecnológico o simbólico.