Armonicas de Ptolomeo.

Hay en general tres partes primordiales en el alma: la intelectiva, la sensitiva y la generativa, esta última también común con los inanimados.
Hay también tres especies primarias de unísonos y consonancias: el dinpason (unísono), el dinpente y el diatesseron.

De este modo puede hacerse la correspondencia de la facultad intelectiva con el diapason (en ambos simple, igual e indiferenciado); el diapente a su vez a la facultad sensitiva y el diatessaron a la generativa.

Pues lo mismo que el diapente está más próximo al diapason que el diatessaron (pues es más consonante por su incremento más igual), también la facultad sensitiva está más próxima a la racional que la generativa (pues también aquélla pertenece a una cierta percepción).

Además, lo mismo que en aquello donde hay continencia y agregación de partes, no siempre hay sensibilidad (sentido), ni en aquello en que hay sensibilidad hay siempre inteligencia (entendimiento); y en cambio en lo que hay sensibilidad siempre hay continencia é incluso de partes, y en lo que hay inteligencia siempre hay continencia y sentido: también donde hay diatessaron no siempre hay diapente, y donde hay diapente hay siempre diapason y, al contrario, donde hay deapente siempre hay también diatessaron, y donde diapason siempre diatessaron y diapente; porque estos últimos tienen la cualidad de una relación y concierto menos perfectos, y aquél en cambio de más perfección.

Asimismo, se puede decir que hay tres especies en la facultad unificadora (unitaria) del alma, como son otras tantas las especies de diatessaron, a saber: las que se refieren a su crecimiento, a su fortaleza y a su declinación, pues estas son sus facultades primarias y principales.

Por su parte, facultades sensitivas (del alma) hay cuatro, tantas como forman el diapente: la vista, el oído, el olfato y el gusto, ya que el tacto podemos considerarlo común a todas, y con él se forman en cierto modo dichas sensaciones. De la facultad intelectiva, por su parte, hay siete mayormente diferenciadas, tantas como hay especies de diapason: la imaginación como reproductora de las cosas sensibles; la mente como grabación y recuerdo de las mismas; la meditación, para retención y memoria de lo grabado; el raciocinio, corno investigación y estudio; la opinión, como interpretación apariencial; la razón lógica, para el recto juicio; el conocimiento, finalmente, para la comprensión y la verdad.
Todavía podemos dividir (las facultades anímicas) de otra manera: en racionales, irascibles y concupiscibles. Lo racional, mediante dicha equiparación, lo asignaremos al diapason; lo irascible, por parecido con lo anterior, al diapente; lo concupiscible, inferior en la serie, al diatessaron.
Pero también otros accidentes que se refieren a las dignidades y su grupo pueden hallarse de modo parecido, y las diferencias más importantes en cada una de las virtudes peculiares se ven igualmente en número similar para cada especie que el de las primeras consonancias.
Puesto que, como la armonía de los sonidos es una virtud de éstos, y la inarmonía un vicio o defecto, la virtud el alma constituye una cierta armonía de la misma, y un vicio la inarmonía, y en cada género hay congruencia de las correspondientes a uno y otro, é incongruencia en lo que es ajeno a la naturaleza (de los mismos).

Aún más, hay tres clases de virtud de la parte concupiscible (en la misma medida que la consonancia diatessaron) : el equilibrio en el dominio del placer, la continencia en el mantenimiento de los impulsos, y el pudor para evitar la torpeza. En lo irascible hay cuatro clases de virtud (lo mismo que en la consonancia diapente): la mansedumbre, para no ser movidos a la ira; la intrepidez, para no temer las calamidades que nos amenazan; la fortaleza, para despreciar el peligro, y la tenacidad, para realizar las obras. Asimismo hay siete especies de virtud racional (tantas como concordancias en el diapason): agudeza intelectual para obrar prontamente; ingenio para actuar con acierto; sagacidad, para discernir de inmediato; juicio, para planificar acertadamente; sabiduria para teorizar con claridad; prudencia, para obrar con rectitud, y pericia para ejecutar de inmediato.

Además, al igual que en problema de templar el instrumento musical formar una armonía han de tener primordial lugar los ajustes de los unísonos, y como consecuencia de ello (viene) las consonancias y las concordancias (pues un error pequeño no altera el canto en las relaciones menores tanto como lo hace en las mayores), igualmente en las almas, unas veces, comparado con la naturaleza, las partes intelectivas racionales han de primar sobre las demás y tener éstas subordinadas, otras hace falta también lo relativo a la razón para una mayor diligencia, pues lo que aquellas tienen en posesión (total o en parte) produce justamente su defecto. Y en todo caso, la disposición aparente más importante del alma, es decir, la justicia, es una cierta consonancia, como regulación de las partes entre sí, conforme a la distribución que se muestra en las consonancias primarias.

En lo referente al correcto uso de la razón y la mente, éste se asimila a los unísonos; lo relativo a la función de los sentidos y la salud corporal, su equilibrio y fortaleza, a las consonancias; y lo que se refiere a las artes prácticas, y más acá, a las especies de las armonías concordantes. Y toda la estructura filosófica (como tal) al sistema perfecto completo, haciendo cada correlación de consonancias y virtudes, llevando la correspondencia entre las distintas virtudes y consonancias de acuerdo con su propia característica, tanto en unas como en otras, lo mismo en lo musical que en lo viviente.

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