LA RUPTURA CON EL COSMOS
Por A. Lopez Tobajas “Manifiesto contra el progreso”

La experiencia de un cosmos radicalmente desacralizado es un hecho relativamente reciente. Para las culturas tradicionales (prácticamente todas a excepción de la que impera en Occidente desde el Renacimiento y del ensayo que supuso la última fase del clasicismo grecolatino), la naturaleza nunca fue algo exclusivamente físico, pues siempre estuvo investida de un valor transcendente. Puesto que el cosmos era una creación, emanación o manifestación divina, el mundo todo estaba impregnado de sacralidad y siempre conservó, a los ojos del hombre tradicional, una incuestionable transparencia metafísica; como afirma Mircea Eliade, la propia estructura del mundo y de los fenómenos cósmicos expresaba, en las sociedades llamadas «primitivas», las distintas modalidades de lo sagrado. El Cielo revelaba’ de forma inmediata la Transcendencia, la Eternidad, lo Absoluto; la Tierra ponía de manifiesto la infinita multiplicidad y la fecundidad sin límites de la Madre universal; los ritmos cíclicos mostraban el orden y la armonía del Espíritu. El cosmos hablaba entonces directamente al hombre como fuente inagotable de sentido y todos sus fenómenos estaban llenos de significado.

En los mitos, los dioses sugerían al alma la verdad profunda de su propia existencia. La actividad humana era entonces un sacrificio es decir, un “hacer sagrado»- continuado, una celebración permanente. El rito no era un acto meramente piadoso, entre el temor y la rutina, sino una vía de comunicación que le ponía en contacto con un nivel superior de realidad; en alguna medida, una abertura objetiva en la estructura física del mundo que, a modo de vidriera luminosa en los muros del templo cósmico, filtraba el paso de la luz celestial. El carácter ritual del que todo acto participaba en uno u otro grado- rompía la horizontalidad de la sucesión temporal, que se abría en lo vertical como afloramiento del presente eterno en el tiempo. La liturgia ritmaba sacralmente unos trabajos que encontraban su arquetipo y su modelo en la actividad creadora del Infinito. La vida entera del hombre tradicional, en su oficio y en su medio familiar, en su soledad y en sus fiestas comunales, en el sufrimiento, el juego, la ceremonia y la oración, era celebración sagrada del misterio de la vida en el cosmos.

Absorto por las responsabilidades sociales, morales o históricas -las únicas que en su ceguera conoce nuestra civilización- el ser humano actual es incapaz siquiera de imaginar lo que pueda significar y suponer una responsabilidad en el plano cósmico. Por eso no puede comprender la experiencia del hombre al que llama «primitivo» que, inteligible sólo desde su contexto cósmico y espiritual, se le antoja inauténtica o infantil.

Conforme los hombres fueron manipulando y controlando las fuerzas físicas de su entorno, se les fueron sustrayendo en igual medida las fuerzas sutiles y espirituales que constituían su fundamento. Con el desmantelamiento del orden tradicional que supuso el final del Medioevo y su pretensión de reorganizar presuntuosamente el mundo en torno a sí, el hombre moderno -el hombre «exclusivamente humano»-, sustituye todas las medidas divinas por medidas humanas. El énfasis en el desarrollo de la razón lógica frente a otras formas de conocimiento y la autonomía del individuo frente a la colectividad son quizá los dos rasgos básicos que determinan la involución mental de Occidente a partir del Renacimiento. Un desarrollo tan hipertrofiado como unilateral de tales posibilidades ha provocado que el discurso de la razón desemboque en un positivismo contumaz, y el de la libertad personal en un individualismo ególatra. El hombre se ha ido apropiando de la superficie de un mundo en la misma medida en que ha renunciado a sus alturas, ha conquistado la materia a expensas del Espíritu, ha querido ganar una tierra aun a costa de perder el Cielo. Ahora, la llamada _no sin una ridícula y agresiva petulancia- «conquista del espacio» coincide de manera sólo aparentemente paradójica con su desarraigo total y definitivo del cosmos.

El vínculo, actualmente perdido, con la Tierra madre es algo más que una metáfora poética; en la raíz de la ruptura entre ser humano y cosmos se encuentra la pérdida de la conciencia de autoctonía, la desaparición de la solidaridad mística con la tierra natal, que situaba al hombre en el espacio y le otorgaba un lugar en el mundo; ese sentimiento de pertenecer a un pueblo y a un país -que no a una nación, y que nada tiene que ver con los modernos sentimientos nacionalistas-, hacía del hombre un ser centrado, es decir, unido al Centro espiritual del mundo. Sólo a partir de ese punto es posible la orientación, y orientarse -nos recuerda Henry Corbin- es saber en que dirección está el Oriente.

Desde ahí, el hombre podía discernir el levante del alma, el Oriente de las eternas luces por donde se levanta el Sol del Espíritu. Convertido ahora en «ciudadano universal», habitante de cualquier parte sin raíces en ninguna, perdido el Centro, que cohesiona e integra, el ser humano, desorientado y descentrado, vagabundo errático en la tierra de nadie de las ciudades, se fragmenta y se diluye en una multiplicidad de opiniones, deseos, pulsiones, sentimientos y actitudes: atomizados residuos de un proceso de dispersión centrífuga que ningún recogimiento viene a equilibrar.

Fijado en el espacio, en su lugar, el hombre antiguo se incorporaba a una realidad perdurable que le precedía y le sobrevivía, que lo prolongaba en las dos direcciones del tiempo cuantitativo, y le permitía vivir su decurso como posibilidad salvífica. Mediante la integración en esa realidad supraindividual perdurable, en la Tradición (término que pierde todo su sentido en el contexto profano), el ser humano quedaba vinculado al Origen, a la vez que proyectado hacia su reactualización escatológica al Final del Tiempo; abarcaba así la totalidad de su duración histórica, con la implícita posibilidad de transcenderla, de situarse en la hierohistoria, abriéndose al eterno presente, al Tiempo Magno de los orígenes, imagen prístina de la eternidad.
Cortando sus raíces en la tierra y rechazando la tradición, arrancándose al cosmos y renegando del cielo, el hombre moderno quiere creerse libre cuando no pasa de ser una especie de sombra en suspenso, fantasmal y alucinada, que vaga sin saber quién es ni qué hace aquí, en un cosmos enmudecido que no le revela ya ningún sentido. Hundido en su nequicia yen su agnosia, traduce el desconcierto en agresivo espíritu de conquista: cubre la tierra con cemento, plástico y otros materiales igualmente abyectos, devora la duración con sus máquinas infernales, puebla de chatarra el espacio hasta donde sus posibilidades le permiten y llena de números el abismo que le separa del cielo.

A milenios de distancia, el ser humano actual consuma, como en un eco amplificado, la caída edénica: expulsado entonces del recinto sagrado, y desterrado hoy, pues ninguna tierra puede sentir ya como suya. ¿Cómo identificarse con un paisaje rasgado y entenebrecido por el asfalto, el hormigón y el hierro? Arrojado entonces a la muerte y entregado a la turbadora ambigüedad de la historia, hasta de esa historia se encuentra ahora privado. Preso en el tiempo cuantitativo, reniega de un pasado que cree muerto, hace del futuro la substancia virtual con que modelar sus mórbidos ensueños y se debate convulso en la tarea imposible de confiscar el instante, vacío de cualquier esencia. Inconsciente de la manifiesta paradoja que encierran sus palabras, el hombre moderno presume gustoso de pertenecer a su tiempo. Pero «su tiempo» es el tiempo anónimo, convertido en cifra, de sus relojes digitales, tiempo muerto, desposeído de toda dimensión simbólica; trasponiendo la expresión platónica: imagen inerte de la fugacidad. El tiempo, en efecto, ya no le pertenece. El hombre moderno ya no tiene tiempo.

Sin tiempo y sin lugar, exiliado del Origen y del Centra, su mundo -su mundo interior y, en la medida en que alcanza a modificarlo, también su mundo exterior- no es ya un Cosmos sino un Caos.